No quiero ser padre. Pero si tuviera niños/as no creo que fueran al colegio. Tal vez, pasar catorce años en un centro religioso es motivo suficiente para argumentar mi postura. Una secta en la que escuché aquello de "no vas a llegar a nada". Como si en la adolescencia uno supiera cuál es su camino... Albert Espinosa declara, y suscribo, que "en el colegio faltan asignaturas que hablen de amor, de vida, de sexo, de solucionar problemas emocionales y de entender que moriremos". Es decir, la educación formal sirve de poco. En el monasterio budista, en el que celebré mi cumpleaños, explicaban que en Occidente no interesa hablar de la muerte. Y eso que la muerte empieza a la vez que la vida. Van juntas de la mano, pero nadie nos prepara para ello. Nadie nos educa en la vida. Y a lo largo de la vida sufrimos pérdidas. Incluso pérdidas que dan paso a algo mejor, o pérdidas que no vivamos como tal. Pero la vida está programada para seguir adelante, no permite bajarnos siquiera por un instante. Una vida circular que nos gobierna a su antojo, en la que damos pasos que, aunque no siempre nos llevan hacia donde nos gustaría, nos hacen avanzar...
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