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Cambio de billete

Domingo, primera hora de la mañana. Acompañar a Sants a cambiar un billete de tren por motivos médicos, pone la guinda a ocho semanas en las que el principal paréntesis han sido dos horas de escritura creativa. Y han dado para mucho. Para todo excepto para el relax. De bueno, regular y malo. De una "doble vida" o de algo en tu vida que casi nadie sabe. De encajar en la habitualidad del día a día. Porque normal, ¿qué es normal? Sin duda, comunicar bien, o aprender a hacerlo, puede amortiguar mucho los acontecimientos vitales. Principalmente, aquellos que aparecen, reaparecen o que se quedarán un tiempo, tal vez, más del que desearas. ¿Dónde está el botón stand by? Quiero apretar o, mejor aún, rebobinar hacia atrás...

Dia Internacional del TS

Hoy, 21 de marzo, se celebra el Día Internacional del Trabajo Social. Coincidencia, por cierto, que me hubiera cogido el día de asuntos propios. Porque, en determinados asuntos, todos somos usuarios. Y dejo un link ya que también reivindico que no soy asistente .

Nivel C

El C es el nivel de catalán que la Generalitat de Cataluña exige para la gran mayoría de convocatorias de empleo público. Un conocimiento que bien hay que demostrar documentalmente, o bien mediante examen. Y si no lo posees o no lo superas, quedas eliminado directamente. Aunque el proceso conste de más fases. Incluso aunque se trate de una simple bolsa de empleo, de la que nunca te llamen. Como no soy catalán, tengo otra visión del asunto. Por un lado, se da por hecho que todas aquellas personas que pueden demostrar el "titulito" manejan el idioma a la perfección, cuestión que no siempre es así. Por otro, en las convocatorias, se incluyen pruebas de lengua castellana para aquellos aspirantes que no tienen la nacionalidad española. Igual que con el catalán, se da por hecho que todos los españoles somos eruditos de la lengua, aunque haya quen no distinga la b de la v . Seguramente, podría montarse de otra manera. Por ejemplo, en el País Vasco saber euskera da puntos pero no ...

Lo que no se dice

Escribe Cain Q. en la Hippocampus Erectus sobre aquello que no se dice. Porque "tenemos miedo a esas palabras. Palabras que significan algo. Que te hacen imperfecto o vulnerable. Que nos desnudan por fin". Una Web que descubrí por un enlace colgado en Facebook, una de las pocas veces que entro en la red social. De hecho, la mayoría de personas que tengo agregadas son compañeros de un curso de catalán al que me apunté al mes de aterrizar en Barcelona. Seguramente, muchos ya ni siquiera estén aquí. Y tú, ¿qué es aquello que no dices? ¿Saben los demás todo de ti?

Vestuario masculino

El vestuario masculino del gym da mucho juego. Comentarios sobre tetas entre machos trogloditas. Viejetes con la pinga al aire revoloteando. Pierna tatuada con el escudo del Barça. Ejecutivo que llega para ponerse el traje y acudir a un evento. Marroquíes que se duchan con el gayumbo puesto. Grupo de colegas que se cubren el torso con celofán transparente, como si fuesen un bocadillo de tortilla de un lúgubre bar de carretera. Tíos que se cepillan los dientes, se afeitan o se depilan la espalda. Cuerpos buenorros que se enjabonan a tu lado. Papá que ha ido a buscar a su hijo y le seca el pelo tras la clase de natación. La chica de la limpieza a la que se le da luz verde para poder entrar. Los que se molan a si mismos y comprueban sus músculos ante el espejo. El vigoréxico que parece vivir allí. En fin, una caja de sorpresas antes y después de cada jornada deportiva.

Palabras suavizantes

No trata este post sobre el suavizante que "cuida las prendas que más quieres", sino en reflexionar acerca del lenguaje. Tampoco debate sobre el lenguaje inclusivo. Plantea la necesidad de escoger las palabras adecuadas cuando comunicamos algo. Cuando nos comunicamos con alguien. Palabras suavizantes. Porque no es lo mismo, por ejemplo, decir crónico que permanente. Y aunque juguemos al "parecido pero diferente", ese pequeño matiz puede lograr no herir el alma.

El tren de Paula

Volví a coincidir con ella. Viernes, 18:40. Alvia con destino Vitoria. Y ahí estaba, en el último vagón. Como la otra vez, jugueteando con su gato. Un gato que seguro le hacía compañía en sus noches solitarias. La observaba. No sabía nada de su vida. Imaginé que, un fin de semana más, huía de la agresividad urbana para refugiarse en sus orígenes. Imaginé a una mujer, de unos 40 años, en un dilema vital. Romper con lo poco que le unía a su ciudad adoptiva o tejer nuevas redes a las que agarrarse. Por ahora, en su agenda subrayaba con fluorescente verde la cita que, cada vez con más frecuencia, tenía en aquel andén de la estación de Sants. Por ahora, era la decisión intermedia que, llamémosla Paula, había escogido.