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El tren de Paula

Volví a coincidir con ella. Viernes, 18:40. Alvia con destino Vitoria. Y ahí estaba, en el último vagón. Como la otra vez, jugueteando con su gato. Un gato que seguro le hacía compañía en sus noches solitarias. La observaba. No sabía nada de su vida. Imaginé que, un fin de semana más, huía de la agresividad urbana para refugiarse en sus orígenes. Imaginé a una mujer, de unos 40 años, en un dilema vital. Romper con lo poco que le unía a su ciudad adoptiva o tejer nuevas redes a las que agarrarse. Por ahora, en su agenda subrayaba con fluorescente verde la cita que, cada vez con más frecuencia, tenía en aquel andén de la estación de Sants. Por ahora, era la decisión intermedia que, llamémosla Paula, había escogido. 

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